El atleta montemaicino analizó su participación en Boston y destacó el valor mental en los tramos finales.
El atleta de Monte Maíz, Eduardo “Pipi” Giordanengo, compartió en diálogo con Sintonía sus sensaciones tras participar en la emblemática Maratón de Boston, una de las seis “Majors” del atletismo mundial. Desde Londres, donde continúa su itinerario deportivo y laboral, el corredor analizó la exigencia de la competencia y el significado personal de haber alcanzado sus objetivos.
La prueba, disputada el pasado lunes en Estados Unidos, celebró su 130° edición, consolidándose como la maratón más antigua del mundo. Con un recorrido de 42 kilómetros caracterizado por constantes subidas y bajadas, Giordanengo la definió como “muy épica y de mucho trabajo deportivo”.
A pocos días de haber cruzado la meta, el atleta reconoció las secuelas físicas: “Hoy con dolores de cuádriceps y gemelos, pero ya más relajado y empezando a disfrutar de lo logrado”.
En cuanto a la preparación, destacó el rol determinante de lo mental: “Son casi cuatro horas corriendo. Después de ciertos kilómetros, lo mental es fundamental. Los últimos tres o cuatro kilómetros los corrés con la cabeza y el corazón”.
Giordanengo explicó que afronta cada maratón con tres objetivos claros: llegar a la meta, disfrutar la experiencia y, si es posible, completar el recorrido en menos de cuatro horas. “Los tres se cumplieron, así que estoy muy contento”, afirmó.
Uno de los aspectos que más valoró fue el acompañamiento del público: “Durante todo el recorrido hay gente alentando. La ciudad lo vive como una fiesta. Éramos más de 32 mil corredores y se disfruta cada paso”.
Con 19 años de experiencia en el running, el montemaicino reconoció que su enfoque ha evolucionado con el tiempo: “Sigo siendo competitivo, pero hoy también disfruto conocer los lugares, cada detalle del circuito. Es parte de lo que hace especial a estas carreras”.
En su relato, también destacó cómo enfrenta el desgaste físico extremo, especialmente el llamado “muro” entre los kilómetros 30 y 33: “Ahí el cuerpo se queda sin energía. Si la cabeza falla, te detenés. Por eso busco distraerme, hacer videollamadas o grabar momentos. Es una forma de resetear”.
El tramo final tiene un significado especial para el atleta: “Los últimos 500 metros me los guardo para mí. Pienso en mi familia, en mis seres queridos. Lo vivo como si fuera la última vez”.
A pesar de su proyección internacional, Giordanengo remarcó el vínculo con su ciudad natal: “Monte Maíz es todo. Es donde nací, donde están mis afectos. Siempre llevo la bandera conmigo”.
De cara al futuro, el corredor ya tiene nuevos desafíos en agenda. En mayo afrontará dos competencias de montaña de 42 kilómetros, además de continuar con su actividad laboral vinculada al deporte en distintos eventos internacionales.
“Mientras las piernas den, me veo corriendo hasta los 80 o 90 años”, concluyó.





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