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Una corte "malandra" de espíritus tiene una legión de seguidores en Venezuela


La violencia es el signo de las grandes capitales latinoamericanas. El fenómeno no es nuevo, pero ha evolucionado durante más de medio siglo en ciudades como Caracas para dar paso a nuevos símbolos como los "santos malandros", que hacen "milagros" a cambio de ascender en la escala espiritual.




"La leyenda dice que él vivía en el barrio El Guarataro, y le quitaba a los ricos y le daba a los pobres. Un Robin Hood venezolano, ¿entiendes?".

Así es que el espiritista Armando Velásquez responde cuando alguien le pregunta quién es la figura que está justo en la puerta de la perfumería Alaroye Eleguá, ubicada en la avenida Baralt, de Caracas, una de las principales vías del centro de la capital venezolana y la meca para quienes buscan honrar a entidades espirituales a las que se atribuyen facultades milagrosas.

La palabra "chamo", en Venezuela, es sinónimo de joven, de muchacho, aunque se usa con frecuencia para referirse a cualquier persona en tono de excesiva confianza. El Chamo Ismael es uno de los más populares. Según Velásquez, encargado del negocio, la legión de seguidores de 'santo malandro' crece cada vez más porque "la gente le pide para que le dé seguridad, que los proteja en la calle o para que sus familiares salgan de la cárcel".

Como la prensa internacional ha sabido hacer su trabajo, Caracas figura como una de las capitales más violentas del mundo. El juicio, no exento de maniqueísmo, puede resultar exagerado si se compara con otras urbes latinoamericanas, pero no deja de tener un sustrato de certeza: la ciudad se forjó en medio de las desigualdades económicas promovidas por una clase política que, a mediados del siglo pasado, se encargó de acrecentar la brecha entre ricos y pobres. La llegada del petróleo aceleró ese proceso y ha sido imposible revertirlo, más allá de los avances alcanzados en materia de inclusión social por parte de la Revolución Bolivariana. En ese contexto surgen este tipo de deidades.

El Chamo Ismael es una figura generalmente representada como un hombre con pantalón azul, camisa roja de botones, una pistola adosada al cinturón, lentes de sol y una gorra puesta de medio lado. Las manos, como en la canción Pedro Navaja de Rubén Blades, están siempre en los bolsillos. Un pequeño agujero en la comisura de la imagen de yeso o madera, sugiere que allí, justo allí, debe calzarse un cigarrillo. Se supone que vivió en los años 60, en los albores de la democracia venezolana.

Imagen del Chamo Ismael, ubicada en la entrada del local Alaroye Eleguá, en el centro de Caracas

Santo bueno, santo malo

Una ciudad como Caracas, con casi 7 millones de habitantes en toda el Área Metropolitana, tiene los mismos retos que cualquier otra capital latinoamericana: lidia con la violencia, las desigualdades y, por supuesto, la inseguridad. En el entresijo de esa realidad, unos piden protección para llegar tranquilos a casa, mientras que otros, le prenden velas azules a Ismael -porque era supuestamente su color favorito- "para salir a atracar, a robar, sin que los agarren", cuenta Velásquez.

"El espíritu del Chamo Ismael es para quien lo trabaja: para bien o para mal", aclara el espiritista. Esa dualidad hace que Ismael sea todavía "de baja luz" en la corte de María Lionza, la Reina de la montaña de Sorte, y quien preside el Altar Mayor de una religión creada en Venezuela antes de los tiempos de la colonia.

Para ascender en esa corte, asegura Velásquez, "el Chamo Ismael hace trabajos para reivindicarse. A veces lo que le piden no son cosas buenas, pero el santo las cumple para ir escalando y tener luz". Las 'cosas malas', claro, son algunas de las que le piden muchos jóvenes que ofrendan a la figura que está en la entrada del local: le ponen billetes, botellas de anís, cigarrillos y, a veces, hasta marihuana.

"Mucha gente le pide a Ismael, pero la mayoría son malandros que piden para salir a lanzar un quito (robo). Vamos a estar claros", dice el espiritista, quien confiesa que se siente protegido en su negocio porque muchos devotos pasan a ofrendarle a la figura que está en la entrada de su local.

"Aquí en la tienda lo tenemos afuera y muchos malandros vienen aquí y no nos tocan ni nos roban porque lo veneran. Se dicen entre ellos: 'si robas a esa gente, Ismael te va a castigar'. Fíjate, su imagen la tenemos por todos lados", dice mientras un gato negro, peludo y obeso, se sienta encima de un mostrador lleno de velas, estampitas, imágenes en pequeño formato, calaveras de yeso y toda clase de artilugios para rituales.

Los policías también

Cuando le preguntan si tiene una estampita de Ismael, la otra dependiente dice que no hay. "Siempre se acaban rápido, es la imagen que más llevan por el tema de la inseguridad. Aquí llegan hasta policías, porque Ismael ya no es un malandro sino un espíritu de baja luz", insiste Velásquez.

Pero no sólo es Ismael a quien veneran. La corte malandra está integrada por la malandra Elizabeth, Petróleo Crudo, Isabelita, Machera, el pavo Freddy, Tomasito, Miguelito, El Ratón, Luisito, Luis Sánchez, Pez Gordo, Pedro, Jhonny, Pedro Hilario y William, detalla el documental Pa' santo yo. Se supone que eran delincuentes de los años 60 y que muchos de ellos están enterrados en el Cementerio General del Sur, una necrópolis donde todavía muchos les rinden culto.

Cuenta Velásquez que la fama de la corte malandra va en aumento, pero no sólo por factores como la violencia, sino por la curiosidad que despierta a escala internacional: "Mira, aquí viene gente de todos lados: alemanes, rusos, chinos, me piden que les cuente la historia y siempre se llevan las figuras de ellos".

Culto en ascenso

Mientras Velásquez conversa, un joven se acerca a la figura gigante de Ismael y le amarra, con cinta adhesiva, una botella de anís a la pierna del santo. Afuera del local, la algarabía de la Avenida Baralt con sus vendedores ambulantes, sus yerbateros, sus mototaxis y sus desvencijadas unidades de transporte público, auguran la habitual mañana pantagruélica de tráfico pesado en centro capitalino. Humo, calor y caos.

-¿Crees que algún día se acabe el culto a los santos malandros?- le preguntan al señor Velásquez.

-¡Ufff! Lo dudo mucho. El día que eso pase, Caracas dejará de ser Caracas.

En Caracas, la fe persiste como asidero de sus habitantes, bien sea para protegerse de la violencia o ser parte de ella. "Mira, hay gente que me dice que Ismael los ha protegido de que los roben en una camioneta", asegura Velásquez, con una convicción casi sacerdotal. Él, como buen comerciante, sabe que los negocios siempre necesitan nuevos clientes.








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